Homélie par p. Luidgi, le 14 juillet

Me he dejado interrogar sobre todo por la primera lectura. Cuando hicimos la primera profesión fue para responder a un amor que se hacía fuerte, queríamos darnos, y seguro que no esperábamos refugiarnos en un lugar pacífico donde huir del mundo. Nuestra vocación tiene un constitutivo de envío. La vida consagrada no es un negocio personal, tiene una dimensión de envío, nosotros somos enviadas. Somos llamados personalmente en primer lugar; aunque no seamos expertos de la palabra, expertos oradores que controlamos el arte de convencer, o gurús capaces de hacer cambiar las ideas. Incluso en la Iglesia hay gente que piensa que son ellos los que indican el camino de discernimiento, pero es un engaño.

Sin embargo, antes de la palabra, somos nosotros mismos, nuestros ojos, nuestro rostro, todo nuestro ser el que transmite un mensaje. Todos hemos encontrado ojos que están llenos de algo, fuentes apacibles que nos llevan hacia el “hogar”. Primero hablamos con los ojos, que revelan que estamos habitados de algo que nos llena. Nuestros ojos deben transmitir benevolencia, que hagan sentirse amados, comprendidos, acogidos… la palabra será necesaria, pero solo si surge de un tiempo de escucha, de un acompañamiento que permite que las personas sean acogidas… la palabra no es una manera de convencer o algo así, sabéis que hay maneras de decir nuestra fe que son indecentes, que hace que la gente huya en lugar de atraer. Imponemos como si fuese una medicina, y esto hace huir a la gente. Yo me miro, y me digo, ¿tienes un rostro de fe? Podemos tener sufrimientos interiores, claro, pues no hemos salido de la finitud que es el peso de nuestra humanidad, pero esto en la confianza, debemos ser como fuente de agua viva para los que buscan, oasis de paz que la gente necesita. En este sentido no son solo mis ojos, sino mi corazón, mis oídos, es la actitud de estar y esto ya es misión, seguramente.

Esta misión sin duda es personal, pero también de todo el cuerpo, todo el conjunto está llamado. La llamada es personal, pero se vive en comunidad, es la familia la que lleva este aspecto apacible, para los que tienen deseos de encontramos. Hay comunidades donde la gente se siente acogida, una casa de paz, de fraternidad, de acogida… no se puede fingir. Me invito y os invito a la simplicidad de la misión, no en medios extraordinario, en la cotidianidad. Esta manera que nos permite personalmente y como cuerpo, ser felices en fraternidad, unidos por el amor y la misión.

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2018-07-14T12:02:34+00:00juillet 14th, 2018|Mots-clés : , |